El guardián del umbral


“No cruces mi umbral si no estás seguro de iluminarlo con tu propia luz, porque más allá del umbral ya no hay guías que iluminen tu camino”.

¿Quién no se ha preguntado alguna vez si el mundo que percibimos con nuestros sentidos, lo que podemos ver, tocar, oler... es lo único que verdaderamente existe a nuestro alrededor? Nuestros sentidos marcan los límites de la realidad que percibimos cada día, más allá de lo que nuestra percepción sensorial nos muestra no parece existir nada. Sin embargo todo un mundo se extiende más allá de esos límites, un mundo no perceptible por medio de los sentidos de nuestro cuerpo físico (pues no se trata de un mundo físico, con las cualidades que conocemos y sujeto a las reglas que rigen el mundo de los sentidos), un universo que sin darnos cuenta visita cada noche una parte de nuestro ser.

El umbral entre dos mundos

Al igual que los seres humanos no somos tan solo un cuerpo físico, el mundo que habitamos no se limita a lo que podemos ver o tocar; estamos rodeados por energías, fuerzas y seres de los que nuestra conciencia no tiene constancia ya que no forman parte del mundo sensible que nuestros órganos sensoriales son capaces de captar.

La línea que separa el mundo físico del mundo suprasensible o espiritual es un umbral que solo podemos cruzar cuando estamos verdaderamente preparados, cuando nuestro entrenamiento espiritual nos ha convertido en un ser apto para vivenciar esa experiencia y nos ha dotado de los órganos adecuados para percibir el mundo que se extiende más allá de lo físico. En ese umbral es donde tiene lugar el encuentro con el llamado “Guardián del Umbral”, que nos pondrá a prueba y nos advertirá: “no cruces mi umbral si no estás seguro de iluminarlo con tu propia luz, porque más allá del umbral ya no habrá guías que iluminen tu camino”.

El umbral está formado por cada sentimiento de temor y de vacilación ante la idea de tomar las riendas del propio destino y de asumir por completo las consecuencias de los propios actos y pensamientos, y el morador de este umbral es quien se encarga de determinar si nuestro paso es seguro o alvergamos dudas, si estamos preparados o no para traspasar el umbral y, por tanto, si nos dejará o no cruzar al otro lado.

El guardián del umbral

Pero ¿quién es el guardián del umbral?, ¿quién es ese ser que se alza ante nosotros obstaculizándonos el acceso al mundo suprasensible? Se podría decir que el Guardián, o Doble, o Doppelgänger (nombres todos ellos por los que se conoce a este ser) es nuestro propio karma hecho forma; el guardián es un ser astral de naturaleza angélica, un ser autónomo que vive una cercana comunión con el ser humano y lo acompaña a lo largo no solo de toda su vida sino de todas sus encarnaciones. Este ser lleva consigo la suma total de todo el bien y todo el mal que el individuo ha hecho a lo largo de todas sus vidas, por lo que podríamos decir que es una especie de memoria del nuestro carma pasado.

Rudolf Steiner lo ha definido como “el ser espiritual del hombre, compuesto de sus impulsos volitivos, sus deseos y sus pensamientos, que se aparece al iniciado en forma visible (a la hora de cruzar el umbral). Es una forma a veces repugnante y terrible, porque es una creación de los buenos y malos deseos y de su karma, es su personificación en el mundo astral”.

Justo antes de nacer entra en nosotros (albergándose principalmente en el cuerpo etérico) y permanece a nuestro lado durante toda la vida, para dejarnos justo antes de la muerte y volver a entrar en nuestro cuerpo justo antes del nuevo nacimiento, de la nueva encarnación. De manera que siempre está ahí, incluso cuando no somos capaces de verlo con nuestros ojos, el guardián del umbral nos acompaña durante cada segundo de nuestras vidas y a lo largo de toda nuestra historia, encarnación tras encarnación, llevando la cuenta de nuestros actos.

Pero no solo guarda la memoria de lo que hemos hecho, también de nuestros pensamientos, deseos, de cuanto hemos amado y odiado, de todo cuanto configura nuestra evolución como ser humano. Es por ello que este ser es quien debe permitirnos o impedirnos el acceso a un mundo para el que podríamos no estar preparados; en realidad es en cierto modo nuestro protector, ya que acceder a las realidades suprasensibles sin la madurez necesaria podría resultar sumamente desetabilizador para el individuo.

A lo largo de nuestra vida y mientras no somos capaces de percibir su presencia, el guardián del umbral nos protege de un acceso inoportuno a los mundos espirituales, hecho que ocurre cada noche. Me explico: cuando dormimos, nuestros cuerpos físico y etérico (donde moran los sentidos físicos y la memoria, simplificando mucho) se quedan en la cama, mientras que el cuerpo astral y el Yo se desgajan de los otros dos para hacer un viaje más allá del mundo que experimentamos durante el día. El sueño es la forma que el guardián tiene de protegernos, ya que la conciencia y la capacidad de recuerdo se quedan, digámoslo así, en la cama, mientras esa otra parte de nosotros visita un mundo que concientemente no seríamos capaces de entender ni asimilar.

Traspasando el umbral

¿Cuándo vemos, pues, al guardián del umbral? Cuando el discípulo abandona una etapa de su vida para abordar otra significativamente distinta en lo que a espiritualidad se refiere, pasa a otro nivel o está listo para hacerlo. Si ha realizado su trabajo y ha seguido las normal, los límites de su conciencia se han dilatado y flexibilizado, luego está preparado (en teoría) para traspasar el umbral.

Este nuevo nivel se consigue cuando el pensamiento, el sentimiento y la voluntad se han fortalecido lo suficiente como para cobrar más autonomía y separarse; el Yo es entonces el encargado de mantenerlos unidos (no las jerarquías superiores o seres espirituales que anteriormente lo hacían, sino nosotros mismos). Cuando esto ocurre es cuando nos encontramos al guardián del umbral.

Si no está realmente preparado y aún así se llega a este punto, el discípulo no solo no podrá pasar al otro lado sino que la impresión de su encuentro con el doble será tan terrorífica que quedará persuadido de volver a intentarlo por el resto de su vida y, probablemente, por más de una encarnación. Al no reconocer al doble como parte de sí mismo, el individuo entiende a este ser como un monstruo ajeno a sí mismo, su propio orgullo no le deja reconocer en el guardián sus propias faltas y lo percibe como un ser terrible y fantasmal. Pero este encuentro inoportuno solo llegaría a ocurrir mediante el uso de un “atajo” por parte del individuo, como drogas, técnicas de concentración o forzando su conciencia.

Si el discípulo ha seguido los pasos adecuados (de los que más tarde hablaremos) y está preparado para el encuentro con el guardián, éste le mostrará su karma no redimido aún, el doble se muestra entonces como un espejo de los deseos, odios, errores pasados que el discípulo debe compensar. Mostrando las faltas pasadas, el guardián exige una completa toma de conciencia, exige al individuo que tome responsabilidad por estas faltas y compense las malformaciones que le ha causado con ellas. El discípulo, al tomar conciencia de que el aspecto horrible del doble es el producto de sus propias acciones, pensamientos, etc, toma la determinación de trabajar para el embellecimiento de este ser, eliminando mal karma y añadiendo bueno o karma positivo.

Una vez demostrada la capacidad del discípulo para transitar los mundos suprasensibles de forma armónica y equilibrada, es decir, cuando el guardián comprueba que el invididuo que tiene ante sí está preparado para asumir la responsabilidad de vivenciar estas realidades, le deja traspasar el umbral. El discípulo podrá a partir de ahora usar sus facultades superiores, que ha ido previamente desarrollando, para percibir y actuar en los mundos de más de tres dimensiones. De ahora en adelante podrá siempre percibir la presencia del guardián, que le acompañará a través del camino de su evolución y actuará como mediador entre el ser humano y el mundo espiritual. El discípulo se encargará de “embellecer” a esta criatura que forma parte de sí mismo mediante el trabajo espiritual, hasta que el doble haya sido purificado del todo, las faltas pasadas redimidas y su forma sea tan perfecta que se funda con el individuo para siempre. De esta nueva fase hablaremos en futuros artículos.

Traspasado el umbral, el discípulo ya no contará con la luz que antes le ofrecían las jerarquías superiores, solo podrá iluminar su camino con su propia luz; es por ello que, aún en el umbral, el guardián le previene diciendo: “no cruces mi umbral si no estás seguro de iluminarlo con tu propia luz, porque más allá del umbral ya no hay guías que iluminen tu camino”. Será a partir de ahora un individuo autosuficiente que librará sus propias luchas.

Preparación para el encuentro

Pero ¿cómo sabemos si estamos preparados para el encuentro con el guardián del umbral? Estamos preparados si hemos seguido los pasos de una sana evolución espiritual, si nos hemos preparado para afrontar las distintas situaciones de la vida en el mundo físico (pues no estará nunca preparado para el mundo espiritual quien no lo está antes en el físico). El discípulo preparado para esta prueba es alguien que ha vivido atento, despierto, en el mundo sensible; alguien que ha sido capaz de aprender de cada situación que se le ha planteado, tanto buenas como malas, difíciles o dolorosas, alguien que ha hecho frente a la adversidad y ha conseguido lidiar con las dificultades; es una persona que ha estudiado, que se ha impregnado de la cultura pero también ha superado las barreras culturales, y no solo éstas sino también los encasillamientos de género, de nacionalidad, de raza, etc... es una persona que ha llegado a ser más humano y menos “hombre o mujer”, “blanco o negro”, “asiático o europeo”, etc. El discípulo preparado también se ha cultivado intelectualmente, con lo cual posee una amplia base cultural; es un individuo psicológicamente maduro y que se ha preocupado por su desarrollo espiritual con lo cual está mental y anímicamente preparado para enfrentarse al doble.

Sin embargo su karma pasado, sus faltas y errores, suponen un obstáculo para su visión trascendental, componen una especie de velo que le impiden ver con claridad la realidad suprasensible, aún después de atravesar el umbral. Este velo le es mostrado al discípulo por medio de colores: lo que aún no ha sido purificado en ámbito del pensamiento aparece en color rojo; lo que queda por purificar respecto al sentimiento se muestra amarillo grisáceo; lo que aún hay que purificar en la voluntad aparece en un color azul apagado. Todos estos colores forman un telón más o menos grueso que el discípulo deberá ir haciendo más fino hasta hacerlo desaparecer y lograr una visión clara de las realidades espirituales que tiene ante sí. Esto solo se consigue mediante el trabajo espiritual.

Cómo actuar

Para conseguir embellecer al doble, aun sin haberse encontrado con él en el umbral, hay ciertas actitudes que podemos adoptar en nuestra vida, podemos decidir desde este momento actuar de manera que favorezcamos el aspecto del guardián del umbral, al que aún no percibimos conscientemente. Pero antes de pasar a este punto, diremos que si no con los ojos hay otras formas de percibir a este ser durante nuestra vida diaria.

La presencia del doble se nota en el intelecto cuando hacemos uso de un pensamiento frío, duro, sin sentimiento. También se percibe a través del temperamento, en aquello que se vuelve habitual y ejecutamos por inercia, perdiendo por completo el significado o el sentido de un determinado acto; en la pérdida del control de las emociones y cuando ansiamos cosas materiales sin tener control alguno de estos deseos.

Reconocer al doble es el primer paso para redimirle, ser conscientes de su presencia (darnos cuenta, por ejemplo, en los casos antes mencionados) es importante de cara al embellecimiento de este ser. Nuestro pensar debe elevarse por encima de lo material y, por medio de la voluntad, controlar y guiar nuestros propios pensamientos, impidiendo que fluctuen a su libre alvedrío. Los ejercicios de concentración pueden ser útiles en este aspecto. Cuando meditamos sobre verdades espirituales con la calidad del sentimiento puesto en el pensamiento, también contribuimos a mejorar el aspecto de nuestro doble, así como equilibrando nuestros pensamientos elevados e inferiores, manteniendo la mente abierta y ejercitando nuestra fuerza de voluntad.


En resumen, el guardián del umbral no solo nos advierte sobre el peligro de traspasar un umbral para el que no estamos preparados, también nos recuerda que todo cuanto hacemos, pensamos, deseamos, decimos, etc, tiene su eco en el mundo espiritual; nada se puede ocultar, nada se olvida ni se pierde en el pasado. Debemos tomar responsabilidad por nuestros propios actos, tratar de aprender y de guiarnos en la vida por la bondad, las buenas intenciones, el desapego y el amor, pues ello contribuye a purificar a nuestro doble que significa, en realidad, purificarnos a nosotros mismos e iluminar nuestro propio camino espiritual.